viernes, 9 de mayo de 2008

¿Quién está peor de las dos?

-Yo: No sé que me pasa. Pero estoy tan cansada que hoy no tengo muchas cosas que contar.
-Psi: Ajá... ¿Y tuviste algún sueño?
-Yo: Ah sí. La otra noche soñé que una rata preniada se paseaba por abajo de la mesa de la casa donde hace años vivía con mi abuelo.
-Psi:...
-Yo: Estaba gorda, pesada, como una mujer embarazada. No era escurridiza como son la mayoría de las ratas. Caminaba lento, hasta que se escondía en un rincón y empezaba a parir mil crías que se arrastraban por el piso de toda la casa.
-Psi:...
-Yo: Lejos de sentir miedo, como en la realidad, yo me compadecía de la pobre rata y quería ayudarla.
(Mientras el relato de mi sueño seguía y yo agregaba más y más sobre la fobia que en verdad le tengo a las ratas, en un rincón del consultorio se empezó a escuchar un ruido que no se sabía bién de qué era pero se entendía con claridad que era de un animal. El sonido, que era como un chillido iba en crecimiento y empezaba a oírse acompañado por patitas que escarbaban la ventana o la pared.)
-Yo: (Pausa en el relato)...
-Psi: Mirá que no son ratas... Te digo por las dudas... Para que no te preocupes...
-Yo: Y entonces... ¿Qué son?
-Psi: Son dos palomas que hicieron nido en la ventana. ¡¡¡¡Y ya me tienen harta con tanto ruido!!!! No las soporto más.
-Yo: Ah...

martes, 29 de abril de 2008

El amor

"El amor, mi madre solía decir, es lo único que cuenta en este mundo. El amor verdadero, solía agregar, para evitar cualquier malentendido. Excepto ese único adjetivo, no agregaba nada más".

John Berger

del libro "Cada vez que decimos adiós"

miércoles, 23 de abril de 2008

Gente que no ve

Hoy les traigo una duda existencial:
¿Porqué será que las personas que se creen "realmente importantes" –aunque no lo son– cuando te encuentran por la calle o en cualquier lugar se hacen las que no te ven?
Y lo que es peor, cuando ya te tienen a milímetros de su cara, acusan algo más o menos así:
–Disculpá, no te vi... Es que yo no veo nada... ni un elefante veo.
Pero lo peor fue lo que me pasó el otro día cuando alguien hizo todo lo posible para no saludarme y se excusó de no verme:
–Es que dentro de 24 horas me operan de presbicia.

lunes, 14 de abril de 2008

Help Me Eros



Tiene 40 años, mide no más de un metro sesenta y seis, porta un culo fibroso que dan ganas de morder. Se llama Lee Kang-sheng, es el actor fetiche de Tsai Ming-liang y está en Argentina, en el marco del BAFICI, presentando su segundo largometraje, "Help Me Eros", donde dirije y también actúa.


La película retrata a un grupo de jóvenes solitarios y alienados deambulando por el paisaje urbano taiwanés mientras mantienen encuentros sexuales esporádicos más allá de las luces de neón.


Fiel a su maestro eligió tópicos y tratamientos estéticos similares a los de Ming-liang, pero quizás con más diálogos. Kang-sheng cuenta y encarna la historia de Ah Jie, un muchacho melancólico, que perdió todo en la Bolsa y quedó en la ruina . Sus únicos consuelos: una plantación de marihuana que tiene en un invernadero casero construido en su departamento del centro de Taipei y una linda corista con la que probará todas las posiciones sexuales posibles. Con 2, con 3, con 4...
La película está en competencia, se vio a sala llena y la presentó el mismo director. La combineta de tanto sexo acrobático, tratado exquisitamente, hizo que muchas salieran corriendo detrás del oriental para conseguir una pequeña muestra de esas gimnásticas sesiones sexuales.

domingo, 6 de abril de 2008

Quisiera ser un pez

"El pez en busca de su escondite"

A veces visito a un amigo que trabaja en la escuela de paisajismo. Mientras espero que termine con sus cosas me escapo al patio para mirar un estanque que armaron los alumnos y se parece mucho a un pequeño jardín japonés. Esos días quisiera ser un pez y esconderme debajo de las nenúfares que flotan. Aunque sea por un rato. Así las cosas este domingo.











lunes, 31 de marzo de 2008

Un pasaje a Brasil


No había amanecido pero los primeros pasajeros empezaban a llegar plagados de maletas rodantes y bultos para hacer el cheking y por fin volar. Era verano, y como siempre para esa época del año, empezaban a despegar los primeros charter con destino a Brasil. Malditos vuelos si los hay. Trabajaba en la oficina de informes de la aeroestación de mi ciudad donde nunca pasaba demasiado y los movimientos eran más bien mínimos. Pero en los meses de calor todo parecía conmocionarse al límite de la exageración. Las mujeres llegaban con soleras de colores y los hombres con bermudas color caqui, como anticipándose al destino que los esperaba pero que aún estaba a una cierta distancia. A ninguno le faltaba el bolso de mano con el nombre impreso de la empresa de viajes que le había vendido el boucher, garantía asegurada para acceder al sol y las playas brasileñas. Era domingo y odiaba tener que madrugar para sentarme detrás de ese mostrador donde todo parecía muerto, hasta que la vi entrar.
Tenía un vestido color azul, que no era de terciopelo pero se parecía bastante. Lo cierto es que era, y eso se percibía a la distancia, de una tela de invierno que de lejos y con sólo mirarla ya daba calor. Atravesó la puerta corrediza del hall del aeropuerto. Arrastraba una valija desvencijada que se notaba no llevaba mucho por dentro. Un collar de perlas mustias, que seguramente años atrás había tenido otro valor, le apretaba el cuello a punto de asfixiarla. El escote del vestido era alto y el corpiño le ajustaba el busto dándole un tamaño todavía mayor. El cinturón estrecho apretaba sin éxito la cintura y no lograba reducirla. Los botones de nácar temblaban con el ritmo de la respiración. Ella se acercó lentamente hacia mí y con esos buenos modales de abuela paqueta me preguntó dulcemente si quedaban pasajes a Brasil.
Por unos minutos quedé muda. Con una mirada entre alegre y fugitiva, unas cuantas gotas de transpiración derrapando desde la frente y una línea de lápiz labial que le dibujaba una mueca por fuera del contorno de los labios confirmé lo que supuse cuando la vi aparecer en medio de esa manada de turistas. Le dije que no era la encargada de emitir los boletos y que podía acercarse al mostrador de Varig, el único que aún estaba a oscuras porque justamente no tenían a cargo la salida de los charters. La mujer se acomodó en una de las butacas del hall y enseguida empezó a cabecear hasta quedarse dormida. Cuando el altavoz anunció la primera salida ella se levantó de golpe y no tardó en dirigirse a la empresa aérea que ya estaba despachando. Un empleado atendió a la mujer y sin demasiada traducción comprendí desde mi oficina que no le iban a vender el pasaje. Con lo cual también predije que no iba a pasar mucho para que la mujer se acercara otra vez hacia mí. Y así fue. Apoyó la valija sucia sobre el mostrador y apenas la abrió se escapó un olor mezcla de humedad y naftalina. Quise hurgar con los ojos el interior de la maleta pero sólo logré ver una combinación gris arratonada, un par de zapatos con brillos, un botellón de colonia y unos documentos. La mujer la volvió a cerrar pero sacó de entre sus dedos rugosos una postal. Era una tarjeta de por lo menos 30 años atrás que tenía el dibujo de un hotel, bordeado de palmeras que parecía haber sido importante -quién sabe si aún existía- y que aparentemente estaba en Río de Janeiro. Mientras la tocaba con la mirada la mujer me contó que su novio la esperaba en ese hotel. Él era el dueño del alojamiento y tenían que encontrarse para casarse. Como soy de esas personas que nunca pueden decir no traté de seguir su relato con la paciencia que no abunda y después de un rato conseguí llevarla al otro lado del hall a tomar un café. Ella asintió como si nunca antes la hubiesen invitado a sentarse en un bar. A esa altura, ya todos en el aeropuerto se daban codazos al verla pasar y los policías aeronáuticos se mordían los labios por no saber que hacer. Nos sentamos y empecé a preguntarle por su vida, hasta que de a poco largó su nombre completo y otros datos y los efectivos de seguridad agazapados como moscas a nuestro alrededor se dispersaron rápidamente para buscar a algún familiar. La mujer pidió un sándwich de miga de blanco de pavita y se lo devoró como si fuese la última vez, río mientras contaba que no veía la hora de llegar a Río de Janeiro donde la esperaba su amado y enseguida frunció el ceño cuando recordó que “el hombre se iba a preocupar si el vuelo se demoraba”. Cada tanto se sobresaltaba con el llanto de alguna criatura pero a todos los que posaban sus ojos en ella les sonreía con cierta impudicia de senilidad. Y así se me pasó la tarde más ajetreada de un domingo. Cuando empezaba a anochecer, un hombre de unos 40 años llegó en un auto a buscarla. Firmó papeles, se reunió con el jefe de la policía aeronáutica y terminó llevándose a la mujer que saludaba a todos como si nos conociera de toda la vida.
Como si dos novedades se me dieran juntas, hace un par de años viaje por primera vez en avión y conocí Brasil. Recuerdo que cuando desde lo alto vi el primer morro verdoso recortado en el cielo, lloré. A veces el delirio es tan bueno ¿no es cierto? ¿Cómo no soñar con un pasaje hasta ahí?



viernes, 7 de marzo de 2008

Cómo tienen que ser las cosas

Hace poco más de cuatro años atrás, de una relación que podría haber sido un placentero curte para los dos, algo pasó. Como dijo él, después de algunos meses de haberse conocido -gracias al azar y algunas coincidencias-, la cosa “subió a otro escalón y se fue armando algo distinto”.
En aquel momento él dijo también, que tenía una idea de cómo tenían que ser las cosas, de cómo pensaba que debía funcionar una pareja, pero que por cuestiones de sus rollos, siempre terminó eligiendo cosas bastante alejadas a aquello que pensaba.
Ella lo escuchó en silencio, pero en su interior asentía con la misma sensación de que casi por primera vez la vida que imaginaba era más o menos parecida a eso que vivían juntos.
Esta tarde mientras los dos se desplomaban en la cama, escapándose de los pliegues de la rutina y de los teléfonos que sonaban a lo lejos, ella lo olió para recordar su olor y recorrió su espalda con un pequeño paisaje de caricias. En el hueco de las sábanas, con el peso de él sobre su cuerpo y en un entretejido de piernas húmedas, besos profundos y manos inquietas ella se olvidó por fin del agobio. Pensó en cómo tenían que ser las cosas y deseó estar así por mucho tiempo.