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lunes, 3 de marzo de 2008

Amor frustrado III: Los tres músicos

Siempre me las arreglaba para pasar por el galpón con portón negro de chapa y unas figuras pintadas que con los años supe, eran la copia de Los tres músicos de Picasso.
Con la excusa de comprar frutas en la verdulería que estaba adelante iba casi todas las tardes.
Mientras el viejo se agachaba para armar mi pedido y tirarlo sobre la balanza enclenque que se sacudía de un lado al otro, mis pupilas se hundían entre las filas de cajones para ver que había al fondo del galpón. Nada, nunca veía nada.
Pero algunos movimientos en ese lugar me pinchaban de curiosidad. Chicos y chicas diez años más grandes que yo, entraban y salían a toda hora. Un enjambre de pelos largos, jeans gastados, guitarras y unos cuantos aros eran como la aguja que se clava y te hace pegar un salto. Era el deseo inyectado de traspasar aunque sea con los ojos aquello guardado detrás del portón.
No sé como ni cuando un día desentrañé el misterio. Al interior de esas paredes, que a veces devolvían algún que otro sonido había una sala de ensayo, La Manteca. Dicen que un músico de Buenos Aires casi de paso a mediados de los ochenta, se sorprendió con la onda del lugar.

-Loco, esto es una manteca, le dijo al dueño. Y esa suerte de explosión espontánea le puso el nombre.
Varios años después en una disquería de usados, a la que entré a buscar no sé que cosa, lo vi. Alto y con esa flacura entre desgarbada y liviana. Hablamos un rato. Me gustó, enseguida me puse nerviosa porque sentí que eso se leía en mi cara y sobre todo en mi cuerpo. Resultó ser el dueño de aquella sala que ya había dejado de reunir a la cofradía que yo espiaba de chica.
Nos enamoramos, creo. Fuimos novios y recién ahí atravesé la abertura ancha con la estampa de Los tres músicos que se abrió ante mi como una garganta negra. Después la oscuridad del galpón hasta llegar a la sala que estaba pegada sobre un costado. Todavía quedaban residuos de aquella vieja época. Un escenario de madera, la batería, algunos pedazos de goma espuma en las paredes que como en otros tiempos también sirvieron para aislar. Pero esta vez a nosotros dos de todo el resto.
Parecía una caja hermética, de esas que se construyen para hacer germinar un par de porotos. No entraba ni un punto de luz y el olor a humedad se desprendía y regaba todo el ambiente.
Pasamos unos años intensos y La Manteca fue un buen refugio.
Hasta que un verano calcinante, el último juntos, él decidió tirarla abajo. Dijo que tenía otros planes, en una de esas construir algo nuevo. No estaba conforme pero igual me ofrecí para ayudarlo.
Mojados al ardor de ese enero, cada uno agarró una maza. Golpeamos duro, el trabajo no era fácil. Las porciones de pared hechas de ladrillo y barro eran sencillas de derribar. Pero las que estaban nutridas de revoque ponían mayor resistencia. Insistimos con tercas trompadas hasta ver caer el último pedazo de la sala. Terminada la demolición vimos desparramado lo nuestro por el piso. Hecho también un montón de escombros.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Amor frustrado II: El pájaro

El no había hablado en casi toda la noche. Llegó al bar con un amigo, mucho más tarde que el resto y se sentó casi en la otra punta de la mesa que no era demasiado larga pero lo alejaba lo suficiente.
Era mi cumpleaños y como si algo de lo que podía suceder intuía, no estaba para festejos. Pero como siempre los amigos insisten en reuniones y cosas por el estilo.
Cuando todo terminó le pregunté si volvíamos juntos. Él estaba en bicicleta pero esta vez no me llevaba.
Subí al colectivo, hacía un frío helado y desde la ventanilla los autos se veían como un hilo que se desmadejaba a cada cuadra. Varias veces lo busqué a la par del vidrio pero nada, había desaparecido de golpe al tirón del pedal.
Como nunca extrañé viajar en bicicleta con sus brazos apretados cruzándome el cuerpo, por detrás, acariciando mi espalda, mientras los ojos se acurrucaban para mirarlo y el cuello se retorcía para tenerlo de frente.
Cuando llegué a casa estaba esperando en la puerta. No entendía porque hoy no habíamos planeado juntos en la bici, con esa rara sensación del viento que golpea y corta en la cara pero también despeja y despabila.
Entramos, preparé café, música y nos tiramos en la cama. No dijo demasiado sólo lo que no hubiese querido escuchar nunca. Pasó un rato su mano sobre mi espalda, como quien trata de calmar a una mula sobándole un poco el lomo. Pero el manoseo no provocó nada o lo hizo todo.
Lloré fuerte, a los gritos, aturdida por el eco de sus palabras, pocas pero justas, para que el cuerpo se hiciera un solo hueco donde cada paso de su mano se hundía y revolvía como un bisturí. Fui un agujero gris, vacío que se desparramó sin forma como un montón de lana apelmazada. Dije mucho más que él, cosas terribles, y seguí llorando a lo perro.
Apreté los ojos, ya no quería mirarlo. Los cerré y todo se nubló, se volvió tan oscuro, como si chocaran contra una muralla de plomo. Fue como estar contra la compuerta misma que suele separar el sueño de la vigilia, pero donde todavía el límite entre las dos dimensiones se hace borroso.
A lo lejos empecé a escuchar el llanto mezclado con queja que se ahogaba de a ratos en la panza de la almohada. Y de golpe distinguí la imagen de un ave de muchos colores, lo más parecida a un pavo real. Cada vez se hacía más clara y comprobé que era una figura formada por un conjunto de personas, como si se tratara de las composiciones que suelen aparecer perfectamente sincronizadas sobre el césped de un estadio en las aperturas de los mundiales o juegos olímpicos que uno suele seguir de chico por la tevé.
Hasta que aparecí en una de las hileras de plumas, la que estaba debajo, casi en la cola del pájaro hecho de gente. De a poco empecé a trepar y en cada fila que escalaba me detenía un momento, justo para teñirme de un color nuevo pero igual al de los que estaban al lado.
La secuencia duró unos segundos, ni siquiera pude retener la última tonalidad que absorbí, cuando volví a abrir los ojos.
Recordé a alguien que me dijo que “una de las tantas rutas hacia el poder es el soñar”. Después de esa alucinación ya no lloraba. Tenía la sensación de que el aire de la elevación me había secado la cara.

lunes, 27 de agosto de 2007

Amor frustrado I - La papa



Ese día me comí una papa। Estaba tan angustiada que cuando llegué a casa le pedí a mi mamá que me hirviera una papa, que vendría a ser algo así como el alimento prohibido de cualquier dieta. Tenía quince años, iba a un colegio religioso de clase media tirando a alta y entre mis cuarenta compañeras se había creado una especie de psicosis: todas nos veíamos gordas aunque no lo éramos. “Tengo que ser flaca, flaca, flaca, flaca… ni un kilo de más”, decía una canción del programa Jugáte Conmigo y yo hacía todo lo posible por seguir el mandato al pie de la letra.
Hasta ese momento nunca había tenido una historia con un chico, no me interesaba ponerme de novia. Era una mezcla rara. Por un lado, había vivido muchas cosas, incluso algunos viajes al exterior, pero por el otro era como muy inocentona en relación con todo lo que tenía que ver con mi cuerpo. Era desenvuelta en teoría pero si me tocaban me moría.
En esa época conocí a Hernán. Lo vi por primera vez en el boliche y no lo pude creer. “Es hermoso, estoy viendo a un ángel”, le dije a mi amiga Pili. Ella me contó quien era, a que colegio iba y donde vivía. Al día siguiente busqué su teléfono en la guía y después de errarle varias veces, logré ubicarlo.
Cuando di con él, no le dije mi nombre porque no quería que me reconociera. La charla se extendió durante una hora y me pidió que volviera a llamarlo.
A partir de ahí, el juego empezó a formar parte de mi cronograma cotidiano. Salía del colegio a las cinco de la tarde y a las y cuarto tenía inglés y en lugar de tomar la leche en esos quince minutos lo llamaba. Hablamos durante casi un año. Nos contábamos todo y hasta le hice alguna que otra escena de celos a través del tubo.
Se generó una cosa muy extraña y terrible al mismo tiempo, porque yo podía mirarlo pero no permitía que él me viera, por toda esa cuestión de sentirme gorda y fea. Y lo reconozco, estaba un poco loca, pero a pesar de eso había muchos sentimientos de por medio. La relación que entablamos era tan fuerte, que un día me entero que muere su abuela y lo llamo. El no había querido hablar con nadie, pero me atiende: “Sos la única personaron la que quería charlar”, me dijo y se puso a llorar.
Pasó el tiempo y le confesé a Pili lo de los llamados, ella se lo contó y el quiso conocerme. Yo creí que me moría. Para mí no era el momento, no estaba preparada. Iba al gimnasio todos los días y casi no comía para estar bien flaca. Repito, no estaba gorda, pero en ese momento creí que todo ese sacrificio iba a hacer de mí otra persona. El me llamó y quedamos en vernos un viernes. Desde el martes no probé bocado para no tener panza, mis amigas me alisaron el pelo y me puse una mini que me quedaba bárbara. Nos encontramos en el boliche, él estaba espléndido, yo parecía una ameba.
Nos miramos, bailamos poco y esa noche nos fuimos de la mano. Me dijo cosas muy dulces pero no nos dimos ni un beso. Todo lo que estaba pasando era demasiado, pero me gustaba.
A partir de ese encuentro mi amiga Pili empezó a tener una actitud muy extraña. No se despegaba de nosotros y las salidas eran de a tres. Hasta que una mañana, en el colegio, ella me dijo que sentía cosas por Hernán. Yo no lo podía creer, pero le aseguré que íbamos a superarlo, porque para mí era muy importante la amistad que teníamos. Como no se sentía bien se fue antes de hora. A la tarde fui a buscarla porque necesitaba seguir hablando del tema.
Su casa tenía un gran ventanal de vidrio que daba al living. Me asomé y vi a Pili y a Hernán besándose, recostados en un sillón. Fue horrible. El cielo estaba gris. Llovía. No me tomé el siete, como hacía siempre, caminé bajo la lluvia, necesitaba mojarme. Ese día me comí una papa.